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El Sol y el Cuatro de Espadas



Hay dos niños casi iguales en el Sol del Marsella, me sugieren el mito de Castor y Pollux, hermanos gemelos, uno humano y mortal, el otro divino e inmortal, en un gesto de reconocimiento mutuo. El plexo solar, donde anida la vitalidad de nuestra individualidad, se ve compelido a integrarse a una voluntad mayor, más verdadera. El Sol brilla en la consciencia para decirnos que nunca estamos solos en el interno, por lo que nunca estamos solos en realidad. Esta carta, que representa la hermandad, la solidaridad, la cooperación, el amor entre iguales (almas gemelas) sale junto al Cuatro de Espadas. El acero es neutro, veloz y directo. Hiere si lo atacan, pero no aquí. En el cuatro busca reposo. Dicen que Excalibur cantaba cuando era desenvainada, pero aquí las espadas están en silencio. Es una carta que nos habla de orden, de sanación, de silencios sabios cuando no se tiene nada que decir.

¿Qué energías tenemos disponibles hoy?

Se hace consciente un aspecto importante que vemos en el otro, tomando como base que el otro se ofrece como espejo para que podamos ver precisamente aquello que en nuestro interior reclama presencia para sanarse. Por lo tanto, amor y prudencia hacen a una comunicación inteligente que no establece escala de valores. Todos somos un alma que ha encarnado para hacer una experiencia humana, desde ese lugar somos iguales. Pero ningún otro puede determinar si aprobamos o no aprobamos las materias de la vida, y viceversa, puesto que no son iguales nuestros estados de consciencia, son diferentes.

Hay un componente de compasión ausente cuando juzgamos el camino y la manera de recorrerlo de quien está en su propia senda, olvidándonos y perdiendo una energía que deberíamos invertir en nuestro propio provecho. Cuando dejamos de referenciarnos en el de al lado y nos enfocamos en nuestra propia misión, se habilitan los canales de sanación. Es decir, de auto-sanación. Es decir que a partir de allí inicia un camino que no es más que el reconocimiento de nuestra parte divina, porque sanarnos es iluminarnos. Pero esta información no se termina de instalar en nuestro sistema hasta que no la hacemos consciente.

Reconocernos en la oscuridad es lo que nos impulsa a buscar la luz, y para eso es necesario abrir los ojos del alma, porque la Luz siempre estuvo allí, en nosotros. Ser clemente con nuestros errores, perdonarlos y sanarlos es indispensable, y también es importante dejar que cada quien transite su propia vía. Si los caminos se cruzan, que esto sea en amor, comunión, respeto y hermandad.

Meditemos sobre esto y que surja en la memoria el loto de la compasión, cuya fragancia llega hasta nuestros días con el recuerdo de lo más puro y sano. Este es tiempo de meditar, que es el silencio que la mente se impone a sí misma cuando quiere oxigenarse y regenerarse. La fragancia del loto, cuando la dejamos ser, no tiene dirección ni fronteras.

 Reflexiones: Lo que hoy me dice...

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