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Cartas al Hierofante (III)



En el amanecer de un nuevo día, decidí salir al mundo brindándome a mí mismo una nueva oportunidad. Presiento que no será la última que deba darme, pero me propongo vivir el día
  a día. Ser una persona nueva, luego de superar tantos dolores, no es tarea fácil. A mi maestro le escribo con frecuencia cuando nuestros respectivos viajes no nos permiten coincidir en una ciudad. Mi maestro es un viajero incansable, igual que yo.

Hace poco le envié una carta, a propósito de si aceptar una propuesta que recibí. La idea que me acercaron me llena el alma de gozo, pero para no actuar con imprudencia como antes, decidí tomarme mi tiempo antes de responderles. Siento que si lo resuelvo apresuradamente, lo echaré a perder. Por eso le escribí a mi maestro, quería conocer su opinión, aunque en realidad mi intención era otra: demostrarle que podía estar orgulloso de mi prudencia. Él comenzó nuestro intercambio epistolar contándome una historia:


“Hace mucho tiempo, un caballero aceptó una misión bastante peculiar. Tenía que entregar un cáliz dorado rebosante de agua pura en el castillo de un rey vecino, a cambio de una generosa recompensa. Al momento de la partida el corcel salió a todo galope atravesando el valle. El animal, libre y fuerte, dejaba profundas huellas a su paso. Pero el jinete en cambio iba preocupado, pues llevaba en una mano un gran cáliz colmado de agua pura y cristalina que no debía perderse, y si el caballo no aminoraba la marcha, todo el líquido se perdería. Entonces fue domando a su corcel. El jinete dio la orden y la libertad del caballo se vio cohibida de pronto. Y el viaje, al menos para uno de ellos, dejó de ser placentero.
El caballero seguía concentrado en su cáliz, controlando que no se perdiera ni una gota más de las que habían caído. No se había dado cuenta, pero la marcha se hacía cada vez más pesada y lenta. El caballero creía que valía más la cautela y preservar aquello que con tanto orgullo y amor protegía, sin advertir que su corcel agonizaba en cada paso ralentizado. Tardaría mucho en llegar este noble caballero a su destino. El caballo tal vez se pondría viejo y el agua del cáliz, quien sabe, tal vez se pudriría o evaporaría antes de podérsela entregar a alguien.  No supo en ese momento que el líquido que vertía mientras galopaba, había permitido el crecimiento de hermosas flores. Mas luego no hubo agua y tampoco flores. Esto no podía saberlo, pues no miraba nada más que su preciosa copa.”


- Cómo termina la historia, maestro?

- Bueno, luego de un tiempo prudencial llegó a las puertas del castillo y sólo pudo entregar una reluciente copa vacía y un caballo muerto. Nada le dieron a cambio y él volvió sobre sus pasos tratando de encontrar en alguna parte del camino las flores que, según le dijeron en ese momento, habían crecido a su paso. Pero tampoco las halló porque otros se las habían llevado. Fueron las flores que no encontró, al final, las que lo hicieron llorar.

- Después de tanto cuidado que puso en su tarea, ¿se quedó con las manos vacías?

- ¡No, mi querido amigo! Manos vacías hubieran sido si nada hubiera aprendido de aquello. El caballero volvió a su hogar completamente decidido a hacer las cosas de manera diferente la siguiente vez. Consiguió un caballo y empezó de nuevo. Sólo esperaba que el agua derramada en su galope diera muchas más flores que antes, para poder disfrutar de su perfume al regreso a su hogar. Ya no pensaba en el contenido del cáliz como algo más precioso que la misión en sí misma de transportarlo. 
Si tienes una oportunidad que anhelas, puedes decidir esperar y dejarla pasar, o puedes obedecer a tu corazón y entregarte a ella, sin importar lo que resulte luego. No vivimos si no arriesgamos, mi querido discípulo. La decisión que te queda por tomar será elegir qué quieres ganar y qué estás dispuesto a perder. Si atiendes tu voz interior, la respuesta llegará. La oportunidad es hoy.




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Tarot de Leyenda por Karina Ortiz se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional

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