lunes, 13 de agosto de 2012

La casita del Pasaje Los Arbustos al 200

Entró a la salita luego que una voz desde el interior lo llamara por su nombre. La anciana lo esperaba sentada junto a una mesa redonda con todo dispuesto para la consulta, como siempre.
Don Paolo solía visitarla con cierta frecuencia desde hacía varios años, y sin embargo, de la dueña de casa sólo conocía su nombre y su oficio: Doña Germina, bruja.
Las artes de doña Germina no se limitaban, en cuanto a adivinación se refiere, solo a la lectura de la borra de té, sino que era muy buena con las cartas. Ese era su fuerte, según ella misma les decía a sus “clientes”. “Mire m’hijo que yo tiro las cartas, pero si uste’ prefiere con la borra también le puedo decir alguito” fue lo que le dijo por teléfono cuando la llamó por primera vez.
Doña Germina le hacía acordar a su difunta madre y tal vez por eso - y no tanto por las predicciones – llegaba a la casita del Pasaje Los Arbustos al 200 cada dos o tres meses, siempre con alguna atención para la señora. Sin embargo, ese día no era como cualquier otro. Don Paolo tomó el colectivo apurado y se olvidó de pasar por la panadería en donde siempre compraba los bizcochos que le gustaban a su brujita particular. Estaba distraído, un poco disperso, “Los años no vienen solos” se decía, pero íntimamente sabía que no era solo eso.
Por primera vez en años llegó a la consulta sin nada en las manos para la anfitriona y eso lo incomodaba, aunque doña Germina ni siquiera se dio cuenta. Ella lo llamó desde la mesa y le indicó con un gesto amable pero casi sin mirarlo, que tomara asiento. Le sirvió el tecito de menta con que solía invitar a todos sus clientes para “amenizar” la consulta. El té estaba mas fuerte que de costumbre, "no es el mismo de siempre" pensó el hombre, pero no le dio mayor importancia y pidió un poco más de azúcar.
Don Paolo se concentró en su pregunta. La había ensayado toda la semana, quería saber, estaba desesperado y la angustia no lo dejaba dormir. Se lamentaba por haber dejado pasar tanto tiempo, pero no era fácil afrontar esa verdad. Miraba el mantel blanco de la mesa casi como si quisiera fundirse en él, las palabras no le salían. Pocos segundos pasaron y sin levantar la vista tomó valor y comenzó a hablar; pero antes de terminar la primera palabra, Doña Germina lo interrumpió con un “Sí”.
El hombre quedó petrificado por un instante, un frío le corrió por la columna hasta la nuca. Su expresión cambió, el miedo desapareció ante la certeza de escuchar esa palabra, mutó por otra cosa, tal vez una ausencia de sentimiento, un vacío que ya había sentido antes. Cuando levantó la mirada, la anciana lo estaba mirando fijamente. Tampoco había miedo en su expresión, casi parecían estar mirándose al espejo los dos.
-          Pero si ni siquiera mezcló las cartas, doña Germina… - dijo don Paolo intentando relajar el ambiente. Sólo sus labios sonreían - Ni siquiera me dejó terminar de hacer la pregunta.
-          No hizo falta, m’hijo, el olor a muerte me llenó la pieza. ¿No lo olés vos, que lo llevas encima desde hace veinte días? La respuesta es sí, sé que mataste.
-          Yo no quería venir ¿sabe? - dijo el hombre, rascandose la sien con un gesto de fastidio.
-          Yo sé que no querías, pero vos pensaste no te quedaba otra.
-          Tíreme las cartas, doña Germina, una última vez.
-          No puedo m’hijo, me viniste a matar.
-          Si a usted se le escapa, yo voy preso de nuevo doña Germina. Ya soy viejo, no me quiero morir en la cárcel.
-          Tomate el tecito que se te enfría - dijo la anciana, acercándole más la taza - Hablemos si querés, pero no te puedo tirar las cartas.
-          La escucho, doña Germina - dijo el hombre suspirando y bajando la cabeza.
-          Cuando vos mataste a ese muchacho… las cartas no fueron claras ese día que viniste a verme. Me aparecía un peligro, pero no lo vi bien, no sé por qué y todavía maldigo la hora... Pensé que vos estabas en peligro y te advertí que alguien quería hacerte un mal, yo te avisé…
-          Sí, así fue.
-          Pero me equivoqué y vos ya sabías que el del peligro no eras vos…
-          Sí doña Germina, se equivocó, y yo tenía que volver para ver si usted se había dado cuenta o no. Yo no quería…
-          … venir, pero pensaste que no te quedaba otra.
-          Usted sabe todo sobre mí, se le puede escapar…
-          Yo no sé todo sobre vos, y a mi no se me “escapan” las cosas de mis clientes... No hace falta que me mates, con que no vengas mas te alcanza m’hijo. Andate ahora y nos olvidamos de todo, haceme caso m’hijito...
-          No es tan fácil la cosa, viejita. Si usted sabía a qué venía ¿Por qué me recibió?
-          No sé, a lo mejor por curiosidad. Las personas que tiramos las cartas tenemos mucha curiosidad. Quería saber si esa muerte y la mía eran necesarias para vos, pero sólo veo a un hombre que mata por miedo, no por necesidad.
Don Paolo bebió todo el té de golpe, ahora sí estaba seguro que no era el mismo té de siempre y le desagradó el sabor. Apoyó fuertemente la taza de cerámica verde sobre la mesa y se limpió la boca con la mano temblorosa. Un rictus de amargura se dibujó en su rostro y un caudal lacrimoso comenzaba a aparecer en su mirada, roja de furia. No quería hacer lo que iba a hacer, Doña Germina le recordaba mucho a su madre.
Miró a la vieja bruja que permanecía aún frente a él, inmóvil y expectante. Algo esperaba ella que él no podía adivinar, en esas cosas iba con desventaja.
Sacó el cuchillo afilado del bolsillo derecho del saco, se lo mostró a doña Germina y se levantó de golpe, tirando la silla al suelo con el impulso. Ella no se inmutó. Más bien soltó un suspiro y esbozó una sonrisa resignada mientras miraba la taza vacía que el hombre había dejado ante ella.
Don Paolo se abalanzó sobre la anciana, que todavía estaba sentada en la silla con el mazo de naipes en las manos. Pero un momento de confusión inundó la mente del asesino, un mareo lo hizo trastabillar y caer al suelo de rodillas. La anciana lo miró fijamente y él a ella. Él quería hablarle, pero las palabras se le enredaban en la lengua. Con el extraño sabor del té aún en la boca, comprendió lo que pasaba. Había sido envenenado. Con esfuerzo intentó ponerse de pie, huir tal vez, pero no pudo. Con la vista nublada y la voz pastosa le repitió a la bruja “Perdóneme doña Germina, yo no quería venir…”
-          … pero vos pensaste que no te quedaba otra – le dijo la anciana con tristeza, y estas fueron las últimas palabras que escuchó don Paolo, antes de caer muerto en la pequeña sala de la casita del Pasaje Los Arbustos al 200.

Leyenda Mitica